Amistades Peligrosas, ese dúo español que es santo patrón de la tensión sexual no resuelta, a menudo queda denostado por los más sibaritas que los consideran un atentado al buen gusto. Es difícil llevar la contraria a tal opinión echando una ojeada a la portada de este su tercer álbum. Un montaje fotográfico renacentista, que bien podría ocupar el lugar central del comedor de un mesón alpujarreño, y que nos muestra a una deformada Cristina, cuyo torso atiende a proporciones dignas de los peores trabajos de Rob Liefeld, y a Alberto Comesaña, que nos mira concupiscente con esa corona dionisiaca de laureles. Pero toda descripción que pueda hacer yo palidece en comparación con la de Wikipedia, claro:
En la portada del álbum aparecen retratados los integrantes del dúo, Alberto Comesaña y Cristina del Valle, como si se tratara de una pintura clásica. Ambos llevan túnica: ella, color amarillo ocre y él, roja. Ella mira intensamente y apoya su mano izquierda sobre sus ricas tetas; él mira maliciosamente (en fase de excitación), porta en la cabeza una corona abierta de hojas de laurel y extiende su brazo derecho por detrás de ella con el dedo índice apuntando hacia arriba. Como fondo se ve una planta y parte del follaje de un árbol.



